
Con el fin del verano llega la vuelta al colegio y con él, el fin de las vacaciones de un importante colectivo: los abuelos.
Gracias al sustento de los abuelos, millones de padres y madres podrán seguir con las rutinas previas a la concepción de sus hijos, tales como ir a cenas, criticar a los maestros o incluso acudir al trabajo. “No sé qué haremos cuando mis padres se mueran; habrá que contratar a alguien con el dinero de la herencia“, dice Sheila, una madre que nos atiende por videollamada mientras va a clase de pilates. Por su parte, los abuelos tendrán que seguir posponiendo su jubilación y ese ansiado viaje del IMSERSO a Oropesa.
Y es que días tan confusos como estos, creados con el único afán de molestar las familias, sólo sirve para educar a generaciones futuras.
Con todo, la vuelta al cole genera simpáticas anécdotas, como cuando unas monjas introdujeron el voto de unos ancianos en un perchero infantil. En este caso se trata de María José y Avelino, que decidieron ser padres a los 51 años: “¡Nos acaban de confundir con unos abuelos, y eso que llevamos tatuajes en el cuello!”.








