
Un católico de bien acaba de darse cuenta, con pesar, de que durante la Semana Santa no le interesa que Jesús resucite al tercer día si al día siguiente, lunes, tiene que trabajar.
Este hombre, malagueño y de procesión diaria a locales de ocio y playa, se reconoce como católico mirón y vacacional confeso. Esta condición le lleva a vivir en el precario equilibrio entre el ocio holgante y el inminente retorno laboral, típico de los domingos.
Según sus propias palabras, ha pasado toda la vida con ese malestar del Domingo de Resurrección pero no fue hasta este año que se ha atrevido a verbalizarlo con el miedo al qué dirán. Así, este año ha decidido salir del armario con el firme propósito de hacerse millonario y no tener que beber otra vez de ese cáliz.
“No me renta tanta pasión si luego tengo que volver al trabajo. Eso sí que es un calvario“, se lamenta.







