
Napoleón Mengele de los Monteros lleva siendo inspector educativo veintiséis años y aún sigue fascinándose con el concepto Enseñanza. Su jornada laboral empieza a las diez menos cuarto, al rayar el alba. A mediodía ya ha llamado a capítulo a dos equipos directivos y diecisiete maestros, todos interinos.
“Son unos necios, no saben distinguir una situación de aprendizaje basculante de una oscilante”, admite desde el asiento de atrás de su coche oficial.
A pesar de todo , este inspector ama la enseñanza por encima de todas las cosas aunque “todavía me gusta más reñir a mis excompañeros”. Y es que Mengele de los Monteros empezó en esto desde abajo, con la LOGSE. Un día, a las dos semanas de iniciarse en la docencia, una extraña afección en la piel, causada por la tiza, lo obligó a apartarse de su gran pasión, el mando directo.
Pese al tiempo transcurrido nunca olvida a aquél maestro que durante casi dos semanas se dejó las cejas mostrando su pasión, enseñar.
Actualmente Napoleón apenas tiene tiempo para corregir a los docentes ya que debe recibir a embajadores o firmar sentencias de muerte. Si usted tiene algún problema con un profesor y se lo encuentra quizá pueda contratarlo.







