
Unos 178.000 norcoreanos se reunieron ayer en la plaza Kowl-ong en Piongyan para presenciar a través de pantallas gigantes la final del Mundial entre España y Corea del Norte. La ilusión de la ciudadanía fue inédita en un país que vive como pocos el entorno balompédico. Familias enteras salieron de sus casas a empellones y conducidas por el ejército del amado líder con el venerable objetivo de animar a su equipo.
Lamentablemente el resultado fue adverso al país asiático, que acabó sucumbiendo ante la apisonadora de Lamin Yamal y los suyos. El régimen de Kim Jong Un había invertido varios cientos de wons (133 euros a cambio) para influir en el resultado arbitral, así como en la tecnología necesaria para recrear mediante inteligencia artificial un equipo competitivo.
Pese a todo Corea del Norte, el país más hermético del mundo, se suma a las felicitaciones de Argentina por el gran juego desplegado.







